Existió un reino en donde solo había un reloj. Aquel extraño artefacto mecánico se lo regaló al rey un sabio vagabundo que pasó por allí y fue tratado por los ciudadanos con bondad y cariño. En recuerdo al trato recibido les fabricó con sus propias manos aquel artefacto mecánico. A partir de ese instante designaron el puesto de relojero mayor del reino. Construyeron una enorme torre con una campana de dimensiones ciclópeas y en ella trabajaban dos relojeros que se iban turnando las horas del día. Su función consistía en darle cuerda al reloj cada cierto tiempo y en tocar las campanas marcando las horas. Obviamente en las horas de la noche no era preciso tocar las campanadas, que eran tan estruendosas que se escuchaban por todo el reino. Aquella tierra se habituó durante décadas a estar controlada por el tiempo. Se definieron las jornadas laborales, las horas de apertura y cierre, y un momento concreto para el comienzo de los espectáculos. Una mañana, sin embargo, cuando llevaban casi cincuenta años acostumbrados al medir del tiempo, a la precisión mecánica del reloj de bolsillo y el contador de bronce hecho campana, de pronto se despertaron los ciudadanos por la luz del sol y la inercia. Les faltaba algo, sin saber bien el qué fueron a sus respectivos puestos de trabajo. Solo los más avispados dijeron: ¿No habéis observado que no ha sonado la campana? Con esas voces los ciudadanos se escandalizaron, ¿Qué había pasado? Algunos pensaron que le sucedió algo a uno de los dos relojeros mayores, no obstante se supo pronto que no había sido así, que el problema fue que había desaparecido el reloj. Todo el mundo estaba muy histérico y nervioso. Todas sus rutinas se habían ido al traste, ya no sabían cuándo hacer las cosas, se veían incapaces de vivir sin las campanadas, soñaban con ellas. El rey se tomó tan en serio el robo que incluso designó un cuerpo de espías para averiguar sobre el asunto. Cuando aquellos especialistas en sonsacar, poner la oreja, invitar a vino y manipular descubrieron quién se hallaba detrás del robo, casi todos se habían acostumbrado de nuevo a vivir sin las campanadas. Los más viejos decían que así debía ser, que era el orden natural dejarse llevar por el ciclo solar, el instinto, el cansancio y no por unas campanadas que hacían temblar la tierra y volar a los pájaros. Así y todo, el culpable fue llevado ante el rey para ser juzgado. Nombró a un tribunal asesor para el caso, entre quienes estaban sus consejeros de mayor confianza y los más taimados. Consideraron que ese robo había sido un delito capital. El acusado no solo había atentado contra un bien material, sino que su delito había trastocado las vidas, las ventas, los viajes, los planes, de todos los ciudadanos, incluido el ejército, y eso no podía consentirse. Estaba demostrado que era culpable, porque encontraron el reloj entre sus pertenencias cuando un rumor les llevó hasta él, pero antes, le dejaron explicarse. El ciudadano dijo que fue por amor. Nadie lo entendía hasta que explicó que lo había robado porque quería pasar más tiempo con su novia. Su futuro suegro solo les dejaba pasar una hora juntos cada día, hasta que se casaran, y no le daría permiso para casarse hasta que él tuviera una buena fortuna, y para eso pasarían años. Así que el ciudadano pensó que si robaba el reloj podría estar con ella cuanto tiempo quisiera. Y así fue, de hecho, desde el robo hasta el juicio. No obstante, ni esto enterneció los corazones del tribunal ni del rey, quienes pensaban que ese tonto enamorado y caprichoso había hecho peligrar la estabilidad del reino. Fue acusado de alta traición y condenado a muerte en el término de una semana. Esos días volvieron todos a la rutina y los ciudadanos echaban en falta no contar las horas. Coincidieron muchos, al hablar, en que habían pasado un feliz periodo sin pensar en el tiempo. Se dieron cuenta de que sin las campanadas habían vivido más relajados, despreocupados, y en cierto modo más felices. Muchos habían comenzado incluso a decir: ojalá no aparezca más ese maldito reloj, pero como los miraban con ojos sospechosos, de inmediato se desdecían. Ahora con el reloj hallado y el ladrón condenado a muerte, pese a que muchos estaban en contra del regreso del reloj y el castigo al responsable, ninguno se atrevía a expresarlo en público. La ejecución había sido prevista a las cinco de la tarde, pero, el día antes de la ejecución, a pesar de las nuevas medidas de seguridad en torno a la torre, apareció un ave oscura que entró a través del hueco de la campana, se hizo con el reloj y desapareció. Pronto voló la noticia y se difundieron múltiples rumores. El primer efecto fue que se suspendió la ejecución, pues ni podían determinar en qué momento serían las cinco de la tarde (dado que ya no tenían el reloj), ni estaban seguros de que el detenido hubiera estado implicado de alguna manera y temían perder el reloj para siempre si lo mataban. Enviaron espías por todo el reino incluso más allá de las fronteras para buscar pistas. Fue imposible dar con el reloj ni nadie que supiera sobre él. Se decidió enviar emisarios a buscar al vagabundo sabio que construyó el primer aparato para que ideara uno nuevo. Pero todo esfuerzo era en vano, se habían esfumado el sabio y el reloj. Hicieron llamar a tener una audiencia con el rey a un viejo que se decía era el más sabio del reino y que incluso fue discípulo del frabricante del mágico artefacto en el tiempo que estuvo por aquellos lares. El anciano era muy humilde y parecía enfermo. Se rumoreaba que le pedirían a él que construyera otra máquina similar, pero no. Lo que hicieron fue pedirle consejo. Le explicaron todo lo anterior y el rey dijo:

Anciano, tenemos al culpable del primer robo, y no sabemos si ejecutarlo, tememos perder para siempre el reloj. Además, he escuchado múltiples rumores de que el pueblo se ha habituado a este nuevo caos horario y que son incluso más felices. Algunos proclaman que el ladrón fue un héroe y que es un mago. Temo convertirlo en mártir. Mi pregunta es: ¿qué debo hacer? Mis consejeros no se ponen de acuerdo.

Mi señor, dijo el anciano, en efecto el reloj desapareció por arte de magia la segunda vez, la primera ya sabemos que fue por amor. Fue el sabio que lo creó quien mandó a su cuervo para recuperarlo, pues observó que con nuestro estilo de vida y la condena a muerte a un muchacho enamorado, habíamos encaminado mal nuestros pasos, nuestra manera de vivir en comunidad. Así que nos arrebató lo que es suyo y nos regaló en su día, en un intento de que recuperemos el camino correcto. Para nosotros ha terminado el tiempo de los relojes. Os aconsejo que liberéis al muchacho, podéis decir lo que os he contado y eximirlo de la responsabilidad incluso del primer robo, así pareceréis un rey inteligente y magnánimo.

Como la propuesta fue del agrado del rey y también la explicación, cumplió lo que dijo el sabio y el muchacho enamorado fue liberado. Sus vecinos lo acogieron casi como a un héroe y pronto todos se acostumbraron a aquella nueva vida libres de las campanas, que ya no sonaban, y liberados también del paso del tiempo, que al no ser medible, parecía no existir.

El muchacho, ahora convertido en héroe, pudo casarse con su novia, ya con la bendición del suegro. El banquete fue una gran fiesta a la que acudieron múltiples vecinos. Entre ellos estaba el anciano del pueblo, quien pidió hablar a solas con el novio. Cuando los dos se quedaron solos, el viejo le dijo:

-Tengo un presente para ti, espero que te traiga buena fortuna. -El viejo sacó de su abrigo el reloj de bolsillo que había desaparecido. El muchacho no entendía nada. -Espero que esta vez lo guardes mejor. Que jamás lo encuentre nadie, hasta que pasen al menos otros cincuenta años.

El viejo le explicó que no era asunto de magia, sino que él era maestro en adiestrar palomas y consiguió que un palomo negro volara hasta la torre y le llevara el reloj. Dijo lo del cuervo para que no sospecharan de él. Le habló de su experiencia con el sabio, cincuenta años atrás.

-El sabio me dijo: tu pueblo es menor de edad, vive sin ambición ni orden, necesita un reloj que le marque el ritmo, por eso le hice este regalo. Pero cuidado, debes andar atento porque este regalo puede convertirse en una maldición si no se le da buen uso. Si observas que el reloj esclaviza a los vecinos en lugar de ayudarlos, arrebátaselo y volverán a su estado de bondad primigenio. Y tú, muchacho, me has hecho ver que era el momento de acabar con el tiempo. Además, no iba a dejar que te mataran por un acto de amor.

Así fue como el reloj permaneció escondido por muchos años, tantos como duró la felicidad de los vecinos del reino.

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