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No, nadie nos dijo que la vida fuera a ser fácil, ni el camino a la felicidad tampoco, y si nos lo dijeron, mintieron. Es verdad que hay unos caminos más fáciles que otros, de eso voy a hablar. Cuando naces, y esto se encargan tus papás de inculcártelo a fuego (al menos los míos), todo está muy bien montado y los engranajes funcionan, te muestran cómo va el mundo y si te adaptas a esa gran máquina y te conviertes en una pieza mal y haces tu función, todo irá rodado. Qué risa.

¿Cuántas veces habré oído frases como No vas a descubrir América, la rueda ya está inventada, o el cementerio está lleno de valientes?

A menudo nos puede suceder que sabemos lo que queremos y deseamos, lo que es bueno y correcto para nosotros, nuestro bienestar e incluso el de nuestro entorno. No obstante, eso que pensamos bueno, con demasiada frecuencia no es compartido por el entorno y, por tanto, para llevarlo a cabo debemos sortear muchos, constante y duros obstáculos. Por este motivo muchas veces nos rendimos, nos acomodamos y nos quedamos quitecitos haciendo lo que se espera de nosotros (una pieza más del engranaje, de la perfecta maquinaria).

No he dado ejemplos, todo esto suena muy genérico, y precisamente por eso a ti lector se te pueden ocurrir múltiples situaciones en donde te has visto en casos así.

Si estás en un partido político, en una empresa, en un periódico, en un centro público, donde sea, puedes ver prácticas incorrectas, con las que no comulgas y que crees que van en contra de todos y que se podría hacer mejor. Sin embargo, es mucho más cómodo callarnos, hacer lo mismo que hace todo el mundo, aunque esté mal, y no guiarnos por nuestro instinto. Es el miedo a perder el trabajo, a ser mal vistos, que nos critiquen, que nos marginen, etc. lo que nos paraliza. Es mucho más difícil enfrentarse a esa situación, a los compañeros, a los jefes, a los padres, que ser uno más del rebaño y obtener la aprobación. El desgaste y el riesgo de hacer valer tu opinión y tu voluntad es alto, pero mucho más alto puede ser el precio de quedarse callado. Rosa Parks tuvo que soportar mucho dolor, y Malala, y Mandela, y tantísimos y tantísimas otras populares y anónimos. No obstante, necesitamos héroes y nosotros mismos ser nuestros héroes. Y no hace falta librar grandes batallas, a veces son cosas pequeñas, nimias cesiones, que nos van minando y nos hacen llevar vidas que no son nuestras, sino de otros. No se trata de imponer siempre nuestra voluntad, pero sí de luchar por lo importante. Ese chico al que marginan en el instituto, ese dinero que se roba a los ciudadanos, ese jefe que acosa sexualmente aunque sea con sutilezas, esas personas que señalan a otras por su religión o vestimenta, esa persona que por dejadez en su trabajo perjudica a otras… son realidades constantes, cotidianas, que dejamos pasar a veces.

La lucha no es fácil, pero las cosas no siempre caen por su propio peso, a veces tenemos que empujarlas, por mucho que pesen. Hay que derribar dictaduras, desigualdades, injusticias, incompetencias, la maldad, la desidia y tantas otras cosas que nos envenenan individual y colectivamente.

Este es uno de los rasgos de carácter que más admiro de mi chica. Es desde siempre, lo lleva en su ADN, la defensora de los débiles y de la justicia, y nunca le ha importado cuántos golpes se llevara por ello. Ojalá hubiera más como ella, ojalá yo fuera más como ella, pues si de algo va sobrada es de valor.

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